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II Congreso Internacional de Convergencia, Movimiento Lacaniano
por el Psicoanálisis Freudiano
Tema: Lógica y ética de las variantes
Título del trabajo: ¿ Qué varía y qué desvaría una clínica lacaniana?
Autor: Roberto Harari (Mayéutica- Institución Psicoanalítica)
Primera afirmación, que debería ser -¿ lo es?- obvia: el acontecimiento Lacan en la disciplina psicoanalítica no es, ni puede ser, sin consecuencias en el orden de lo designado en ella como “dirección de la cura”. En tal respecto, el conocido “encuadre” entronizado por el otro psicoanálisis no puede sostenerse en sus parámetros –cuyas coordenadas intentan vanamente estrangular un real- si se asumen las enseñanzas del psicoanalista francés. Ahora bien, si en ese contexto –cura-tipo- es donde cabe plantear las variancias ¿cómo encararlas? ¿Vale, en ese orden, la aplicación y la adopción, por parte de los practicantes, del “modelo” derivado de la conducta clínica manifiesta del individuo Jacques Lacan, según esta ha sido caracterizada con base en diversos testimonios (por lo general, tendencialmente confiables y valederos)? Y si no fuese el caso ¿cómo orientarse sin caer en desvaríos, rayanos muchas veces con la pantomima histérica, con la infatuación, con la neta sugestión, cuando no con la iatrogenia lisa y llana?.
Adoptemos, de inicio, un punto de partida cifrado en uno de esos aforismos-propuestas de Lacan no exentos de mordacidad, de sabia ironía, y, en fin, de contestación de las expectativas “racionales” -¿o racionalizadoras?- más frecuentes. Se trata de la boutade que reza: “Hagan como yo, no me imiten”. Mediante este aparente dilema, a través de esta extraña paradoja, Lacan sienta, a mi modo de ver, uno de los pilares sustanciales de su enseñanza, así glosable: “Separaos de la identificación imaginaria con mi persona –con su insoslayable reverso agresivizante y concurrencial-, mas haced conmigo tal cual yo mismo lo hiciese con las enseñanzas derivadas y deducibles de la obra de Freud”.
Muy lejos estamos, como se aprecia, del “hago eso porque lo hacía Lacan”, aseveración esgrimida por ciertos analistas reclamadamente inscriptos en la enseñanza del autor de los Écrits y tras la cual se escuda, con verosimilitud, el intento de no apostar por el procesamiento generador de una clínica lacaniana. Mas ¿qué sería una clínica lacaniana? La puesta en acto por cada practicante que pretende articularse con la enseñanza cuya dilucidación nos convoca.
Efectivamente: “[...]del Nombre –del- Padre se puede muy bien prescindir, a condición de servirse de él ”(Seminario 23). Y servirse de él no comporta transformarse en una mímesis clónica de nadie.
b.
A mi entender, el programa de largo alcance condensado por la paradoja recién señalada se imbrica con otra de las claves conceptuales mediante las cuales Lacan intenta transmitirse como analista procurando evitar, en ello y para ello, la fascinación imaginaria ante la mostración palabrera superficial.
¿De qué se trata? De lo que denominase, en el Seminario 19, “ ...ou pire”, demanda fundamental, y que se enuncia así: “Te demando rehusar lo que te ofrezco, porque no es eso”. Glosemos este enunciado en los siguientes términos: “Si tomas, de manera acrítica, lo que parezco ofrecerte, pues te equivocas, te confundes, debido a que, al refugiarte en ese contenido manifiesto ofertado, acallas tu lugar, no dando curso a tu interrogación aperturizante respecto de la demanda del Otro. Por eso, debes saber que la demanda es de otra cosa, rehusándote a tomar, entonces, lo que te ofrezco”. En efecto, la demanda es de otra cosa, latencia mediante la cual procuramos ir(nos) a lo fundamental, al fundamento. Por consecuencia, la demanda fundamental apunta a no enajenarse ante la incoercible y envolvente tormenta de palabras, ante la imagen seductora, ante la falaz estabilidad de lo consagrado.
c.
Por otro lado, esta referencia a la singularidad se vincula también con su caracterización de la “base” definitoria de la clínica psicoanalítica: se trata, en dicha base, de “[...] lo que se dice en un psicoanálisis”(Apertura de la Sección Clínica, 1977). Lúcida y precisa puntuación: una vez excluidos de nuestro campo operatorio tanto el afectivismo cuanto el rango de lo presuntamente a-verbal y la observación visiva de la conducta manifiesta, no nos restan, empero, tan sólo los dichos “objetivos” del analizante, porque la caracterización referida involucra también la implicación subjetiva detectable en el analista a partir de sus verbalizaciones. Empero, esta circunstancia ni lanza hacia la consideración de “diálogo” intersubjetivo alguno, ni tampoco autoriza a resaltar o destacar la dudosa y remanida noción-comodín de “discurso”(sobre la cual luego volveré).Finalmente, no apela a generalizaciones presurosas en orden a su presunta omnivalía, por cuanto apunta a “un psicoanálisis” y no a “todo” psicoanálisis ni a “todos” los psicoanálisis (concebidos de modo homogéneo). Esto, en primer lugar.
Pero, además, en su definición puede leerse –en mi apreciación- un tránsito detectable en el ejercicio de la clínica de “un psicoanálisis”: es el tránsito que, en la definición de marras, pendula del “se” inicial al “un” final. En efecto, al comienzo de la cura priman la impersonalidad, el “realismo”-imaginario- tributario de los “hechos” de tinte colectivo, el racconto de orden cronológico, en fin, el habla vacía, indicadas conjuntamente por el “se”. Ahora bien, si el desenvolvimiento de esa cura cursa con eficiencia, el “se” en cuestión irá dejando su lugar- de modo paulatino y de ninguna manera lineal, vale decir, con descontadas idas y vueltas- a la singularidad marcada por el “un”.
Resumiendo: en lo que sigue procuraré dar cuenta de algunos de los parámetros definitorios de mi clínica psicoanalítica, esto es, de cómo la misma ha mutado, desde mis inicios en el seno del kleinianismo argentino de los años '60, hasta su crucial rediseño en función del surco generado por las enseñanzas lacanianas a partir de su estudio y de su procesamiento incesantes iniciados por el infrascripto hacia finales de esa década. Entonces, a los efectos de intentar esclarecer dicha clínica, enfocaré críticamente ciertos hitos contrapositivos de los cuales ella se distancia. De tal modo habrán de tomar forma –ese es el designio- los trazos marcantes donde se asientan las afirmaciones integrativas de mi propuesta.
Por otra parte, lo señalado implica la necesidad de realizar al menos dos puntuaciones: primero, que las enseñanzas lacanianas no recayeron en un analista “virgen”; segundo, que se trata efectivamente - al modo de lo procesado, salvando las distancias, por Lacan con respecto a Freud- de la articulación desprendible de la lectura de Lacan en su cotejo con los datos derivados de mi clínica psicoanalítica. En efecto: un lector no es un colega ni tampoco es un discípulo. Por eso lo que sigue -en su nivel- es tan lacaniano como freudiano ha sido el emprendimiento llevado a cabo por Lacan.
2.
Ni encuadre, entonces, ni tampoco “contrato”, tal como se sostenía en la década aludida. Se apuntaba, de tal forma, a la sanción de un acuerdo imaginario sustentado en una explícita y yoica serie de derechos y de obligaciones mutuos vigentes entre analista y analizante, los cuales “debían” ser respetados, con estrictez, por ambas partes. Claro: el referente de dicho contrato era el encuadre, porque se trataba de comprobar cómo y cuánto habría de apartarse el analizante del cumplimiento de dicho contrato, ardid mediante el cual procuraría –y pensar que es un efecto de estructura...- “atacar el encuadre”. Este último, por lo tanto, hacía las veces, como dije, de un real estagnado, lo cual nos confronta con una de las caras del Ideal (en tanto irrealizable). De ahí que el “no ataque al encuadre” resulte de antemano, lo reitero, obviamente incumplible. Sí, mas no por ello se le sustrae la condición de inductor del goce transgresivo del analizante y del condigno castigo subsecuente vehiculizado por vía interpretativa (el cual resulta apenas disimulado). Por eso el encuadre condena a la fijación silenciosa del analizante a un goce masoquístico –se lo llamaba “culpa, depresión y reparación”-, dando curso, por ende, a la realización –también gozosa- del trazo fustigador propio del fantasma del analista.
Pues bien, en mi clínica no me rijo por el encuadre sino por el montaje. Este concepto, se recuerda, es traído inicialmente a colación por Lacan para caracterizar la pulsión debido a que los términos componenciales de la misma –desde su dilucidación por parte de Freud- no mantienen entre sí, a priori, un enlace forzoso. Prima por consecuencia, en el montaje, lo heterogéneo, lo imprevisible, la juntura inédita, lo inventivo-inventado, en la medida en que se trata de una ligazón no anticipable ni homogénea. Propongo entonces –retomando una puntuación avanzada hace ya varios años- para mi clínica, en tanto orientadora y rectora de la misma, la noción de montaje psicoanalítico.
a.
Ahora bien: ¿podríamos presuponer que esta inventiva, que esta fructífera imprevisión, habría de jugarla el analista de acuerdo con la circunstancia de citar o, incluso, de recibir sin cita a los analizantes y dejarlos aguardando, en la sala de espera, su insondable y repentino llamado para iniciar la sesión? Se argumenta que, en tal sentido, resulta decisivo, en orden a la eficacia de dicho proceder, que el analizante no sea convocado de acuerdo con alguna posible anticipación de su parte. De modo que, por ejemplo, la atención al convencional y ciudadano “orden de llegada” –recordemos: en la sala de espera debe haber una cantidad medianamente considerable de personas para que este artificio sea funcionalmente “efectivo”-, el orden de llegada, decía, ha de ser hecho a un lado, porque nosotros nos regimos, en psicoanálisis, de acuerdo con otra legalidad, según se argumenta. Ahora bien ¿es esto frustrar la demanda?¿Es sustraerse, por parte del analista, al lugar de objeto fácilmente accesible?¿ Es des-ritualizar la cura? ¿Es darle cauce efectivo al deseo del analista? ¿O contribuir al desasimiento del tiempo propio de lo Imaginario-especular, que es la anticipación?¿O bien, mediante tal recurso, se pretende inducir al analizante a articularse con la castración, combatiendo, a tal fin, su parada narcísica?¿ O acaso se privilegia así el encuentro –real- en desmedro de la cita apaciguante, narcotizante?
A mi modo de ver este proceder del analista comporta el resurgimiento de la infatuación prestigiada y oracular del discurso médico, cuando no de la arbitrariedad gozosa del Amo omnipotente e inductor de celos inscribibles en el mito edípico, quien, por otra parte, es capaz de legitimar su dictum indicador de “turnos” debido a que, por “salir” de él, por ser dicho por él, es inherente e indiscutiblemente justo y “terapéutico” (en el sentido de curativo).
Claro: en términos obvios, cabría decir que el analista dispone a su antojo del tiempo del analizante. Por supuesto: podemos reiterar, en la ocasión, el psitacósico argumento cuyo articulación pretende responder a lo apuntado. ¿De qué se trata? Del sintagma cristalizado y vacío que reza así: en psicoanálisis pensamos y obramos en función de otro tiempo, que es el tiempo lógico, y no el cronológico. Mas ¿cómo se llama el tiempo del “haz de mí lo que quieras”?¿Acaso el remanido “tiempo lógico” da cuenta del capricho histeriforme del analista, en tanto vehículo idealizado del goce del Otro? Desvarío, en efecto.
b.
¿Será también una variante bienvenida el hecho de reducir tanto la duración de las sesiones como para no dar siquiera lugar al análisis de los sueños? ¿Tanto debe sustraerse la presencia del analista a los fines de evitar, según se sostiene, la pregnancia imaginaria? Sí: suele decirse que lo expresado por el sueño puede cursar también mediante otros “conductos”. ¿Sí? No, porque el vértigo generado, en la posición subjetiva, por determinado sueño o determinada pesadilla -especialmente en quienes, hasta ese entonces, “no habían soñado nunca”- muestra cómo el análisis sufre una fecunda inflexión debido a que el analizante, conmocionado, “es” ese sueño, está “tomado” por ese sueño, cuyo enigma quiere desentrañar, más allá de las habituales huídas hacia el brindar testimonio acerca de la mencionada “realidad de los hechos” que embargaban su hilo asociativo. Y hete aquí el suceso: quien “no soñaba nunca” hace a un lado su anterior referencia a las “noticias” porque los sueños comienzan a sobrevenirle como en tropel, relanzando la tarea analizante desde otra perspectiva, desde otro nivel. De tal modo, amordazar y coagular la implicación subjetiva desajustante llamada “sueño” comporta, al sustentarse la referida teoría expresionista y “cortadora”, la comisión de otro desvarío, derivado de la extremada brevedad de las sesiones.
c.
¿Será el silencio propio de la rigidez cataléptica el mejor antídoto, por parte del analista, para sostener la neutralidad requerida por el desempeño de nuestro quehacer? ¡Vaya! ¿Cómo entender, entonces- y valga tan sólo como ejemplo princeps-, la referencia de Lacan en orden a su estimulación en pro de las salidas de dicha neutralidad, conceptualizadas –en Subversión del sujeto...- como “vacilación calculada”? Claro, mas para ello se requiere, por parte del analista, la efectuación de un trabajo en doble vuelta, el cual permite diferenciar la neutralidad de la abstinencia, la cual labora en orden a la obtención de la máxima diferencia posible. Por eso en muchas ocasiones el analista, para sostener la abstinencia, debe calcular de modo estimativo- con castración- cómo debe salir, y de manera perentoria, de su neutralidad. Y ello, desde luego, no sucede sin tormentas transferenciales, las que, huelga resaltarlo, tensan al máximo las condiciones del practicante para lograr salir airoso de las mismas con vistas a tratar de impedir el hostil y destituyente pasaje al acto del analizante. ¿Silencio contumaz y empedernido en aras del sostén de la neutralidad, para así no realizar sugestión alguna? Otro desvarío.
d.
¿Será una conducta-valga el término- apropiada para erigir el dinero como significante –y no como signo- el hecho de invitar al analizante a que pague lo que quiera por su análisis, regulando ad libitum esa variable? ¿Se combate así el time is money? Mas ¿cómo puede renegarse, hasta tal punto, del determinante factor fálico-libidinal viscosamente pegoteado al dinero y, muy especialmente, a su cesión?¿No se sabe aún que quien menos da más pide, más reivindica, más acusa con querulancia al Otro, encontrándose por tal motivo por lo general insatisfecho, resentido y amargado, ya que “la vida lo engañó”? En efecto, dando libre curso al “pague lo que quiera y cuando quiera e, incluso, cancele unilateralmente su sesión acordada o falte de modo imprevisto a ella sin responder económicamente por lo sucedido”, se intervierten de modo gravoso los caracteres definitorios de la deuda simbólica. ¿Por qué? Porque se petrifica al analizante en el lugar de acreedor de la vida, en la medida en que el mundo se encuentra en deuda con él. Por supuesto: así, no paga por el sostén de su deseo, contrarrestando y, por qué no, anulando, la eficiencia incidental de los Nombres-del-Padre. Por cierto, a tales fines el no-dinero –el dedicarse a no tenerlo, mediante la repetición inconsciente de sonados fracasos laborales, financieros, y similares- constituye el recurso supremo para aniquilar todos los demás significantes, dada la “realidad” aritmética del conteo introducido. De tal modo, el no-dinero hace las veces de sígnico justificador incontrovertible de tantos goces estagnados masoquísticamente. Entre ellos, juegan un papel destacadísimo el que obtura el acceso, en los varones, a la condición de genitor, y el que impide, en las mujeres, el hacer padre a un hombre. Por supuesto: castración mediante, todos resultamos expulsos del paraíso perdido de la infancia, todos cedemos y perdemos para constituirnos. Mas no se trata de la pura pérdida, no se trata de la presunta obediencia al cuestionable valor moral llamado abnegación resignada, porque lo que se pierde por un lado se gana por el otro. Tal, la “ley” de la castración.
Entonces ¿los analistas, acaso, estamos situados en este mundo para tratar de paliar los rigores fecundos inherentes a la referida asunción subjetiva mediante la realización del fantasma sustentador de la invalidante virtud teologal cristiana conocida como caridad? Otro desvarío.
e.
Last, but not least: ¿realizamos, en tanto efectuación de la cura analítica, una práctica de discurso, o bien procedemos a hacer análisis del discurso? Por otro lado esta concepción ¿permite apartarnos sea del afectivismo, sea de la confesión de la contratransferencia, sea de la encarnación imaginaria de una madre “lo suficientemente buena”, sea de lograr una sublimada relación genital de objeto con el analizante? Mas ¿qué es el discurso, noción a la que antes denominásemos “comodín”? Desde la más precisa pertinencia lacaniana- vale decir, desde cierto período de su enseñanza- suele aseverarse que discurso es lo que hace lazo social.
Empero, y de modo contradictorio, resulta que lo más relevante de un analizante radica, precisamente, en todas y cada una de las expresiones palabreras capaces de desmarcarse de cualquier lazo verbal consolidado en función de la ocupación de los lugares virtuales donde se despliegan los conocidos cuatro -o cinco- discursos. De ahí que, luego de superadas sus propias remitencias a esa noción, Lacan optase por la propuesta de un vocablo capaz de albergar, con propiedad y abarcatividad, lo que está en juego en el análisis: se trata del neologismo “hablaje” (Seminario 22), el cual conculca, por condensación, toda posible escisión –de raíz saussureana- entre lengua(je) y habla. Porque apunta - tal como el vocablo lo realiza en sí mismo- a la invención de significantes nuevos, superando de ese modo cualquier dicotomía (como la propia de los discursos).
Pues bien: a mi modo de ver el hablaje comprende, en el analizante, el registro donde se incluyen sus palabras entrecortadas y quebradas, sus interferencias, sus vacilaciones, sus equivocaciones-que no son errores-, sus dudas, sus confusiones, sus detenciones expositivas a mitad de camino, sus tartajeos, sus tartamudeos, su trastrabarse, sus farfulleos, sus tropiezos, sus torpezas, sus murmullos, sus musitaciones, sus atoramientos y ahogos, sus gritos, sus suspiros, sus contradicciones flagrantes mas inapercibidas, sus inconsistencias entre dichos y actos, sus cadencias de emisión cuasimusicalizada, sus contrapuntos llevados a cabo de tal forma, sus modulaciones en lo referente a las quejas, sus olvidos, sus recuerdos aparentemente inmotivados, nimios y recurrentes, sus creencias, por fin, referentes a lo burdo que está a punto de enunciar. Entonces ¿cómo subsumiríamos este corpus –no exhaustivo, incluso- bajo la égida de la noción de discurso “que hace lazo social”, por más que le adicionásemos el rótulo “de la histérica”? Desvarío conceptual, sin duda, que obtura nuestro campo operatorio, lingüistizándolo y mutilándolo. Porque en la sesión analítica lo puesto en acto no es el parlêtre, sino el ser de balbuceo (P. Quignard). Y este, desde ya, no discursea.
Pero no otra cosa sucede con las incidencias efectivizadas por el analista en la cura, donde el mismo debe realizar una genuina “violencia” (Seminario 24) sobre la masa fónica ofertada por el analizante –poniendo así en obra la demanda fundamental- a los fines de articularlo a lalengua. Por eso no se trata de la antigua “escucha” sino del “oír”, apuntando así el analista, al estar del último Lacan, al “sonar”(idem). Se sabe: en función de la noción de lalengua el maestro francés refuta la anterior primacía otorgada, en su enseñanza inicial, a la lengua. Por consecuencia el analista -también sin discursear- tanto genera enigmas como perplejidades y equívocos, tanto realiza junturas inesperadas de letras, tanto pone en obra paronomasias, rimas y aliteraciones –figuras de dicción-, tanto apela a interjecciones, interrogaciones y exclamaciones, tanto utiliza el subrayado de –tan sólo- la parte inicial, o media, o final de un significante, tanto enuncia de modo inconcluso e interrumpido, tanto propende a mostrar su vacilación –como decíamos- manifestando calculadamente asombro, sorpresa, desacomodo, incredulidad, cansancio, fastidio, halago, satisfacción, y similares, y tanto, por fin, apela a las más clásicas puntuación y escansión. (Las cuales, como se aprecia, se hallan prácticamente subsumidas en, y por, los recursos señalados).
En resumen: esta somera semblanza ¿caracteriza un específico y singular lazo social? Sin duda, pues, a partir de la regla fundamental, del pedido de asociación libre, nuestra praxis poiética otorga carta de ciudadanía legítima a aquello de lo cual se apartan todos los discursos: la tontería. Y esta constituye la “base” del tan singular lazo social inaugurado, genial e insólitamente, por Freud. Por eso, la puesta en acto del artificio psicoanalítico no obedece a la efectuación de ningún discurso (sea este el que fuere). ¿Por qué? Porque lo puesto en obra en la cura analítica, lo reitero, es función de los restos caídos, de lo que “no entra” en los discursos, esto es, de las benéficas excretas no procesables en, y por, los mismos. Por eso lo inconsciente no “se ordena en discurso”, ya que, a la inversa, lo inconsciente desordena el discurso al conformar las excrecencias inasimilables por este. Son tales excretas, en efecto, las responsables de dar cuerpo efectivo al montaje psicoanalítico. Sí: cuerpo entendido en sentido literal y no meramente metafórico, porque se trata del modo mediante el cual el mismo readquiere su estatuto en la clínica, más allá de la abstracción –legítima en su rango preciso, sin superfetación- propugnada por la lingüística. ¿Por qué? Porque esta aparta el cuerpo fónico, emisor y receptor, de su campo, a los fines de cernir, tan sólo, el lucubrado objeto formal llamado lengua. Sí, se trata del cuerpo real lenguajero, el cual es marcado por lo que comporta el acto de hablar: cuerdas vocales, aire, respiración, dientes, lengua, labios, la emisión de la voz y sus tonos, entre tantos otros componentes – insoslayables- por donde transita el sónico hablaje. En cambio, debido al encorsetamiento portado por su racionalista y restringido ámbito abarcativo, la estructural y mentalista noción de discurso se revela –pese a las mil y una salvedades y piruetas conceptuales intentadas al respecto-, como un desvarío más. Y de no poca monta.
3.
Para concluir, cabe aseverar que lo expuesto constituye el andamiaje fundamental desde el cual articulo –lo reitero- mi clínica lacaniana. Como ya adelanté con prudencia, y para ser más preciso: mi clínica lacaniana de hoy, pues la misma se encuentra abierta a su permanente reconsideración. Descontado ello, de todos modos cabe aseverar lo siguiente: no-todo resulta revisable, porque luego de casi cuarenta años de experiencia en la práctica clínica del psicoanálisis algunas propuestas referidas a la misma, y a la luz de lo comprobado, no pueden ser caracterizadas como alternativas, sino como desvaríos contraproducentes.
En fin, es lo que por medio de esta breve comunicación he procurado fundamentar y transmitir, abriendo, en tal sentido, la discusión y el debate a ser sostenidos con los colegas de Convergencia, Movimiento Lacaniano por el Psicoanálisis Freudiano.
Buenos Aires, abril de 2004
![[Oedipe.org]](http://www.oedipe.org/img/oe.gif)






